DIOS PUSO UNA FUENTE EN TI

Recuerdo que en una oportunidad bajé de mi vehículo para entrar en un negocio y comprar lo que necesitaba. En el momento de pagar no encontré la billetera y creí haberla dejado en el auto, regresé por ella y tampoco estaba allí. Llegué a casa para buscarla, cuando finalmente pensé en chequear la campera que llevaba puesta por si acaso estaba allí. Para mi sorpresa, descubrí que siempre estuvo conmigo, sólo que yo no me había dado cuenta porque estaba en un bolsillo interior. Seguramente no soy el único al que le sucedió esto alguna vez.

Del mismo modo sucede cuando tenemos algo en nuestras manos que es de mucha utilidad y podría simplificarnos la vida, pero no lo encontramos a tiempo o simplemente no sabemos cómo utilizarlo. Debes saber que Dios ha puesto una fuente de bendición en ti desde el momento en que entregaste tu corazón a Jesús. Saber utilizar esa fuente es lo que hará la diferencia en tu vida.

A veces buscamos afuera la solución para nuestros problemas, sin advertir que Jesús anunció que el Espíritu Santo en nuestras vidas es una fuente de bendición de la cual brota un manantial de vida eterna, el cual es poder a nuestro favor y al de los demás.

Leamos este pasaje de las escrituras:

8 Sus discípulos habían ido al pueblo a comprar comida. En eso llegó a sacar agua una mujer de Samaria, y Jesús le dijo:

—Dame un poco de agua.

9 Pero, como los judíos no usan nada en común con los samaritanos, la mujer le respondió: —¿Cómo se te ocurre pedirme agua, si tú eres judío y yo soy samaritana? 10 —Si supieras lo que Dios puede dar, y conocieras al que te está pidiendo agua —contestó Jesús—, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua que da vida. 11 —Señor, ni siquiera tienes con qué sacar agua, y el pozo es muy hondo; ¿de dónde, pues, vas a sacar esa agua que da vida? 12 ¿Acaso eres tú superior a nuestro padre Jacob, que nos dejó este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y su ganado? 13 —Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed —respondió Jesús—, 14 pero el que beba del agua que yo le daré no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna.

15 —Señor, dame de esa agua para que no vuelva a tener sed ni siga viniendo aquí a sacarla. 16 —Ve a llamar a tu esposo, y vuelve acá —le dijo Jesús. 17 —No tengo esposo —respondió la mujer. —Bien has dicho que no tienes esposo. 18 Es cierto que has tenido cinco, y el que ahora tienes no es tu esposo. En esto has dicho la verdad. 19 —Señor, me doy cuenta de que tú eres profeta. 20 Nuestros antepasados adoraron en este monte, pero ustedes los judíos dicen que el lugar donde debemos adorar está en Jerusalén. 21 —Créeme, mujer, que se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán ustedes al Padre. 22 Ahora ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación proviene de los judíos. 23 Pero se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad,[d] porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. 24 Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad. 25 —Sé que viene el Mesías, al que llaman el Cristo —respondió la mujer—. Cuando él venga nos explicará todas las cosas. 26 —Ese soy yo, el que habla contigo —le dijo Jesús.

Juan 4, 8-26 (NVI)

El cuerpo humano está constituído por un 80 % de agua cuando se es un bebé, a medida que crecemos ese porcentaje disminuye alcanzando un 60 % en la adultez. Todos los días de su vida el cuerpo humano necesita beber agua (hasta tres litros diarios, aumentando esta cantidad en los días de calor intenso). Lo cierto es que nunca dejaremos de tener sed. El espíritu del hombre también tiene necesidad de nutrirse y ser saciado, así como el cuerpo necesita agua, el espíritu necesita diariamente beber alimento espiritual.

Todos tenemos un alma sedienta: sed de ser felices, de vivir bien, de ser aceptados, sed de superación, sed de servir en algo trascendente, de lograr objetivos en la vida, sed de sentirnos amados, sed de pertenecer, sed de justicia, sed de paz interior, sed de motivación para vivir, etc. Nuestro espíritu tiene sed y al igual que el cuerpo, esa sed es inevitable. Jesús compara la sed de agua con la necesidad humana de satisfacer todas estos requerimientos.

Jesús le dijo a la samaritana “el que beba de esta agua, no tendrá sed jamás”. El Espíritu Santo en nosotros es el alimento que nos sacia de toda necesidad del espíritu humano, así como el agua sacia la necesidad del cuerpo. Él es la fuente que sacia por completo la sed de nuestra alma.

Asegúrate de que esa fuente esté en ti:

¿Por qué Jesús le pidió agua? Para poder ofrecerle “Manantiales que brotan del interior”. Todos necesitamos al Espíritu Santo de Dios en nuestras vidas. Solamente en la entrega de nuestra vida a Dios el Espíritu viene sobre nosotros con poder:

a. La fuente ahora está en ti, brota de tu interior para mantenerte motivado en la fe.

b. Te sacia a ti mismo y puede saciar a cualquier persona que lo necesita.Tu presencia marca la diferencia en un ambiente, aunque no te des cuenta.

Activa el manantial que brota de tu interior:

1. ¿Por qué Jesús preguntó por el marido si sabía que no tenía? Porque Jesús espera que pongas orden en tu vida. Mientras más ordenada esté tu vida más fluirá el manantial del Espíritu.

2. Adoración verdadera. Mientras más adoración, más fluirá el Espíritu.

Conclusión:

Dios ha puesto la fuente del Espíritu Santo que brota de tu interior. Cuando nos acercamos a Jesús todos los días en oración y obediencia, tenemos la bendición de beber de su presencia. Él es el agua viva que jamás se agota. Sólo debes ser consciente de ello y acceder a la fuente de vida con facilidad cada vez que lo necesites.

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